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A 49 años del golpe militar en Chile: Reflexiones para la situación política actual

A 49 años del golpe militar en Chile: Reflexiones para la situación política actual

Entre la mentira y la perversidad de la institucionalidad burguesa

Hace cuarenta y nueve años, el 11 de septiembre de 1973, llegó al poder el general Augusto Pinochet, impulsado por el imperialismo estadounidense, e instauró una de las dictaduras más macabras de la historia de la humanidad.

La burguesía y la izquierda burguesa y pequeñoburguesa tratan de presentar el hecho como un hecho que hoy, supuestamente, ya no cabría en el mundo, porque, supuestamente, la “democracia” (aunque muy restringida) habría venido para quedarse, que los golpes militares serían obra de lunáticos, y otras consideraciones igualmente “brillantes” recicladas de las fallidas teorías oportunistas del pasado.

Inmediatamente después del golpe de 1973 en Chile, miles de personas fueron detenidas y llevadas al Estadio Nacional de fútbol de Santiago y otros lugares que fueron convertidos en campos de concentración, campos de tortura y centros de ejecución.

Decenas de miles de sindicalistas, estudiantes, campesinos, obreros e intelectuales fueron torturados o asesinados. Las organizaciones de masas fueron arrasadas y prohibidas. A seguir, la persecución sangrienta se orientó a liquidar con las organizaciones revolucionarias.

Se perseguía con hierro y fuego todo lo que tuviera el más mínimo olor a organización, incluso las organizaciones de ultraderecha. Nada muy diferente de lo que Hitler había hecho en la Alemania nazi.

Dos preguntas principales tienen un gran impacto en el movimiento revolucionario:

¿Cuáles fueron las condiciones que llevaron al golpe militar?

¿Esas condiciones existirían hoy y, por tanto, existiría la posibilidad de un nuevo golpe a lo Pinochet?

La primera experiencia en la implementación de políticas “neoliberales” – El Chile de Pinochet

A pesar de la propaganda “neoliberal” sobre la supuesta necesidad de reducir la intervención del estado burgués en la economía, como mecanismo para fortalecer “los derechos individuales y la democracia”, las políticas “neoliberales” se implementaron, desde un principio, a sangre y fuego, con ataques gigantescos contra las masas trabajadoras y entregando recursos públicos a precio de ganga a los monopolios imperialistas.

La represión militar, la tortura, el asesinato, la supresión de derechos y libertades democráticas han estado siempre asociados al llamado “neoliberalismo”, porque, además de la propaganda contrarrevolucionaria, el verdadero objetivo era viabilizar a cualquier precio las ganancias de los capitalistas.

La primera experiencia que implementó políticas “neoliberales” a gran escala en el mundo fue la dictadura militar del sanguinario General Augusto Pinochet en Chile.

Durante los primeros veinte meses de gobierno, luego del golpe de septiembre de 1973, el gobierno privatizó varias empresas públicas, abrió el país a nuevos esquemas de especulación financiera, abolió los controles de precios, bajó los impuestos a la importación y redujo el presupuesto público en un 10%, a pesar de haber aumentado los salarios de los militares.

En poco más de un año, la inflación y el desempleo se dispararon.

La inflación se duplicó en 1974 al 375%. Las empresas nacionales quebraron en masa, debido a la avalancha de productos importados.

Ante tan estrepitoso fracaso, el papa del “neoliberalismo”, Milton Friedman, acompañado de otro testaferro “neoliberal”, van Hayek, viajó a Santiago de Chile en marzo de 1975, y recomendó, como solución milagrosa para contener la crisis, exactamente la misma receta que se está aplicando hoy, más del mismo “neoliberalismo”, con los mismos ataques contra las masas trabajadoras, más de las mismas transferencias de recursos públicos a los grandes capitalistas.

En 1975, el presupuesto público fue recortado en un 27%. Se desmanteló la salud pública y la educación, se privatizó la seguridad social y hasta los cementerios.

La economía se contrajo un 15% y el desempleo alcanzó el récord histórico del 20% para disparar, en 1982, el 30% de los trabajadores.

Ese año, el colapso económico no ocurrió porque la Dictadura de Pinochet no privatizó Codelco, la empresa estatal del cobre, que hasta hoy es responsable por más del 54% de los ingresos por exportaciones.

En la década de 1980, Pinochet volvió a nacionalizar varias empresas.

Políticas similares se implementaron en las otras dictaduras militares de la región, en Uruguay y Argentina, con los mismos resultados catastróficos.

El capitalismo, en su conjunto, se vio en una encrucijada, ante los efectos de las políticas “neoliberales”. La crisis capitalista siguió avanzando y las dictaduras que habían proliferado después de la Segunda Guerra Mundial comenzaron a derrumbarse, una tras otra, como resultado del nuevo ascenso de las masas. El objetivo era contener el avance de la revolución en los países atrasados.

El regreso de los golpes de Estado a lo Pinochet

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Entre la parálisis y la mayor crisis capitalista mundial

A partir del colapso capitalista de 2008, los golpes de estado a lo Pinochet empezaron a suceder.

El golpe de Estado en Egipto de 2013 demostró que el llamado “golpe de estado blanco” es muy relativo, ya que no existe una barrera infranqueable entre el golpe blanco y el golpe duro, pues sólo tiene que ver con la relación de fuerza dentro de sociedad.

En Honduras, el golpe contra Manuel Zelaya de 2009 había sido de color gris porque los golpistas se sintieron lo suficientemente fuertes como para derrotar a un oponente débil con tendencias capitulares.

Cuando hay resistencia, los golpistas, que actúan a mando de la burguesía, inevitablemente tratan de evolucionar hacia un truculento golpe de estado al estilo de Pinochet.

Por otro lado, la izquierda burguesa y pequeñoburguesa, que es sumamente ingenua, considera que un golpe de Estado sólo sería pinochetista. Implicaría aceptar el golpe siempre que no sea violento, pero cuando la población sale a la calle, el golpe se vuelve violento.

De hecho, si el presidente de la república es depuesto de manera no constitucional, esta acción ya representa un golpe de Estado.

Los revolucionarios no deben engañarse pensando que el golpe militar no aplastará por completo a la oposición de lucha.

En Egipto, eso no sucedió porque el ejército era débil y la Hermandad Musulmana, el principal partido de la oposición, era fuerte.

A través de la violencia del terrorismo de Estado, la burguesía intenta sacar a la gente de las calles.

Esta política es altamente explosiva y presenta la posibilidad concreta de una mayor escalada de la crisis y la desestabilización.

En América Latina, el imperialismo yanqui intenta transitar hacia una política cada vez más reaccionaria con el objetivo de contener el inevitable ascenso de masas que crece bajo el impacto de la agudización de la mayor crisis capitalista de la historia.

Quien dice que no hay movimientos golpistas no entiende nada de lo que es un golpe de Estado y, objetivamente, se opone a las masas trabajadoras, las desarma y lleva agua al molino de la reacción.

¿Por qué Allende ganó las elecciones?

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De la victoria de Allende el 4.9.1973 al gobierno Boric

Chile fue tomado por diversas movilizaciones obreras cuando comenzaron los preparativos para las elecciones presidenciales de Chile en enero de 1970.

El fracaso del gobierno de la Democracia Cristiana de Eduardo Frei Montalva fue el detonante de un vigoroso levantamiento obrero que se apoderó de Chile a mediados de 1967.

Se realizaron decenas de tomas de tierra, grandes manifestaciones en las afueras de Santiago de los sin techo que exigían vivienda, decenas de huelgas en fábricas, movilizaciones estudiantiles, etc. La situación era claramente pre revolucionaria.

Unos meses antes de las elecciones presidenciales de 1970, Chile tuvo su primera gran huelga agraria y la central obrera paralizó el país durante 24 horas.

Con el ascenso de los trabajadores, la izquierda tenía posibilidades reales de ganar las elecciones.

El Frap (Frente de Acción Popular) trató de aprovechar el momento de manera oportunista, utilizando el ascenso de las masas como una oportunidad para obtener el éxito electoral.

El Partido Comunista, que era el mayor partido de la izquierda chilena, impuso su política y el frente se amplió con la entrada de un ala del Partido Radical, un grupo pequeño burgués llamado API, y el MAPU.

La denominada UP (Unidad Popular), que estaba integrada por el Partido Socialista, el Partido Comunista de Chile, el Partido Radical y el Partido Socialdemócrata, el Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU) y Acción Popular, radicada en Salvador Allende, del Partido Socialista, el candidato a liderar una salida reformista, además de la llamada “vía pacífica al socialismo” auspiciada por la izquierda oportunista.

En la campaña electoral Allende defendió el programa de reformas de la Democracia Cristiana con la promesa de construcción de viviendas, más empleo y reforma agraria dentro de los parámetros de la ley, sin ningún tipo de expropiación.

En el marco electoral, el principal competidor de Allende fue nuevamente el derechista Jorge Alessandri por el Partido Nacional.

La Democracia Cristiana lanzó como candidato a Radomiro Tomic. Tomic se “radicalizó” en su discurso, llegando a pronunciarse en contra del capitalismo debido al fracaso masivo del gobierno anterior que había desmoralizado al partido frente a las masas.

Todo el proceso electoral, antes de la votación, fue una verdadera guerra civil. Había una clara polarización entre Allende y Alessandri que se reflejaba entre los trabajadores, la población pobre y la derecha fascista financiada por el imperialismo.

Durante la campaña electoral, Alessandri fue repudiado por completo en los barrios populares. Con cada visita que hacía, el candidato imperialista era recibido con grandes manifestaciones que eran verdaderos levantamientos populares.

En algunas ciudades como Cardenal, Tomé y Loto, la policía se vio obligada a dispersar una movilización obrera realizada contra la presencia de Alessandri en una visita del candidato a estas ciudades.

En la campaña de Allende se organizaron y multiplicaron por todo Chile los comités electorales de la Unidad Popular. Al último mitin de Allende asistieron 400.000 personas.

Para tratar de contener el ascenso de los trabajadores, la derecha usó a las hordas fascistas para atacar los comités.

Las elecciones del 4 de septiembre terminaron con una estrecha victoria de Allende. Debido al pequeño margen de victoria, el Congreso chileno, dominado por la derecha, tuvo que determinar si el resultado era válido.

La derecha trató de imponer una especie de “término de acuerdo” que garantizara que el gobierno no iría más allá del régimen burgués, garantizando a las instituciones burguesas, como la Iglesia, las Fuerzas Armadas y la prensa.

Como mecanismo de presión, el gobierno de Frei Montalva montó un operativo, junto con la CIA y la ITT, para desestabilizar la economía de Chile y arrinconar a la UP.

A la crisis económica se sumó el 25 de octubre de 1970 el asesinato del General de Ejército Schneider.

El Congreso aprobó las elecciones, pero impuso la firma del Estatuto de Garantías Constitucionales. Este estatuto, que establecía que el gobierno no podía cambiar el funcionamiento ni la estructura de las Fuerzas Armadas.

La Iglesia y los medios mantuvieron los privilegios. El Estatuto allanó el camino para el golpe militar de Pinochet tres años después, facilitado por la política democrática pequeñoburguesa que dominaba el frente, que, como toda política de esta naturaleza, sólo logró ver los intereses inmediatos y mezquinos de la ganancia electoral.

El enorme ascenso que se dio en todo Chile fue interpretado por la UP como una mera oportunidad electoral y, peor aún, para un acuerdo con la burguesía, creyendo que mantendría el statu quo. Esto fue resultado del fracaso del gobierno de Allende que luego desembocó en el golpe de Estado, ya que la burguesía era consciente y sabía perfectamente que el ascenso de las masas chilenas tenía características revolucionarias y ponía en jaque su dominación.

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El caso de la UP sería similar a la política de la “izquierda” oportunista latinoamericana, con la diferencia de que esa “izquierda” ahora se encuentra totalmente cooptada e integrada al régimen político.

Esta es la política típica de la pequeña burguesía que dominaba la dirección de los partidos políticos de “izquierda” y de las organizaciones de masas, y que se vende a la burguesía para obtener migajas electorales a cambio de contener la evolución revolucionaria de los trabajadores desde la década de 1980 hasta la actualidad.

Las acciones de la derecha, que ataca al pueblo para atacar a los gobiernos de la “izquierda” integrada al régimen, son denunciadas principalmente en las redes sociales, por las bases de esos partidos o por intelectuales y activistas de izquierda que trabajan en otras organizaciones y ven la amenaza que representa la derecha. Pero esos partidos, cada vez más derechizados, no actúan en contra de la derecha.

Mientras la derecha se mueve para ocupar espacios, se opone a todas las iniciativas en beneficio de los trabajadores y de los pueblos, los partidos de la “izquierda” integrada al régimen no hace nada. No responde, no realiza ninguna acción. Su acción está siempre encaminada a la reconciliación con estas fuerzas reaccionarias, como lo hace todo gobierno de frente popular.

En Brasil, João Goulart creyó hasta el último minuto que podría llegar a un acuerdo con los militares para evitar el golpe. En Chile, Salvador Allende estaba siendo acorralado por la derecha chilena, que atacó al gobierno mientras Allende retenía a los trabajadores y buscaba la conciliación. El propio Hugo Chávez, cuando sufrió el golpe de 2002, recuperó el poder, pero mantuvo a la población contenida y a la derecha con amplio campo de acción.

Esta es la naturaleza de todo gobierno de frente popular: busca el apoyo de las masas para mantenerse, pero las mantiene bajo estricto control e incluso las reprime, mientras los lazos que lo atan a la burguesía y al imperialismo impiden una lucha real contra la derecha que acosa al gobierno constantemente.

La salida contra el golpismo es la organización independiente de los trabajadores y los sectores oprimidos, para que vaya perdiendo las ilusiones en los gobiernos de tipo frente populista, mientras avanza la conciencia en el sentido de que la única salida es constituir un gobierno de los propios trabajadores.

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