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¿Quién se beneficia del terrorismo?

¿Quién se beneficia del terrorismo?

El domingo 1 de octubre del 2017, el mundo volvió a estar consternado por el mayor tiroteo en la historia de Estados Unidos, ocurrido en un hotel de la ciudad de Las Vegas.

En los últimos años, a medida que la crisis capitalista mundial se ha acelerado, los ataques terroristas se han vuelto cada vez más frecuentes, lo que, “casualmente”, ha favorecido la aplicación de políticas que fortalecen a la extrema derecha y al gran capital.

Así sucedió en el caso del atentado a las Torres Gemelas, en 2001, en Nueva York, o en los diversos atentados en Francia en el 2015 y el atentado de Marsella o el de París (abril de 2017) que precedió a las elecciones presidenciales. El clima de choque social ayudó a imponerse a la candidata de extrema derecha, Marine Le Pen, y al vástago de la familia Rotschild (una de las 150 que dominan el mundo), Emmanuel Macron.

No por “casualidad”, los atentados terroristas anteriores, ocurridos en el Manchester Arena, en Inglaterra, el 22 de mayo de 2017, antecedieron a las elecciones generales, en la escalada de la crisis del imperialismo inglés. El balance del ataque fue de 22 muertos y 59 heridos. Los ataques crearon un estado de shock social por la violencia y monstruosidad de la acción. Pero en política no existen las casualidades.

A dos semanas de las elecciones, el atentado produjo, como efecto práctico, la derecha de la agenda electoral y provocó el endurecimiento del régimen político. En el caso concreto de Inglaterra, se trató del primer atentado con bomba exitoso, de grandes proporciones, desde 2005, cuando el ataque al transporte público de Londres dejó un saldo de 56 muertos.

Los militantes del NIRA (Nuevo Ejército Republicano Irlandés) o PIRA (Ejército Republicano Irlandés) aparecen como “aficionados” e “imbéciles” frente a la “eficiencia” del Estado Islámico. A menos que, como siempre se debe hacer, se plantee la pregunta básica: ¿a quién benefician estos ataques? A partir de ahí, resulta más fácil concluir sobre cualquier “ayudita” que hayan podido recibir los terroristas, como, por ejemplo, de los servicios de inteligencia (vinculados esencialmente a la extrema derecha).

¿A quién realmente benefician los ataques?

Partiendo de los atentados de Nueva York contra las Torres Gemelas, ocurridos el 11 de septiembre de 2001, es necesario tener presente el gran motor de la política de atentados “terroristas” en beneficio de la burguesía imperialista.

En este caso, fueron la excusa “perfecta” para que la extrema derecha, que controlaba los fundamentos del gobierno de George W. Bush Jr., aplicara la nefasta política denominada “Guerra contra el Terror”. Estados Unidos, a principios de la década del 2000, enfrentó el agotamiento de las políticas “neoliberales”. Los monopolios buscaban nuevos mecanismos para mantener las tasas de ganancia.

Francia y Alemania, que juntas constituyen el corazón del capitalismo europeo, están viviendo una crisis de proporciones gigantescas, agravada por la crisis del ala hegemónica.

Detrás de los “probables” circos, armados en prácticamente todos los grandes atentados, están las garras de los servicios de inteligencia y los organismos de represión al servicio de la derecha que, a su vez, es la representante natural de los intereses de los monopolios. A pesar de la campaña histérica e idiota de la prensa burguesa, hay intereses reales y materiales, resultados concretos que fueron y siempre aparecen tras los atentados terroristas.

En el contexto de la crisis de las potencias imperialistas

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El colapso capitalista mundial de 2008 hizo implosionar el principal mecanismo de contención de la crisis y de las masas, las llamadas políticas “neoliberales”.

Se gastaron billones de dólares para rescatar los monopolios. La tasa de ganancia mundial empezó a caer aceleradamente desde el 2012. Al mismo tiempo, además de la agudización de la crisis económica, la burguesía imperialista se ha dirigido a endurecer el régimen político.

El verdadero objetivo es poner en marcha los mecanismos de contención que puedan salvar al capitalismo de la revolución proletaria.

El sistema capitalista mundial ha entrado en una espiral en la que no ha podido estructurar una política alternativa al neoliberalismo. Por eso hubo un cambio en la forma de la guerra de clases del capital contra las masas, que quedó muy claro con la victoria de Donald Trump, en Estados Unidos, que fue impuesta por el imperialismo norteamericano. Pero como Trump no entregó lo que la burguesía esperaba y por medio de varias maniobras acabó imponiendo el gobierno de los “Señores de la Guerra”.

En el caso de Inglaterra, el régimen político actual está encabezado por un gobierno de crisis surgido a raíz del referéndum del Brexit. El principal objetivo es mantener uno de los principales centros de especulación financiera mundial, la City de Londres, que actúa como socio minoritario del capital financiero norteamericano frente a la Unión Europea y, fundamentalmente, frente a la Zona Euro. En un intento por obtener ganancias a toda costa, hay la tendencia a aumentar las contradicciones con el imperialismo europeo.

La política del entonces recién electo presidente de Francia, Emmanuel Macron, de gobernar por decreto en los primeros 100 días de gobierno, representó otra clara manifestación del rápido avance del imperialismo hacia el endurecimiento del régimen a escala mundial.

Ante el rápido debilitamiento del parlamentarismo y la política del “frente popular” (partidos burgueses con base electoral en la clase obrera), el objetivo es imponer regímenes dictatoriales de corte bonapartista, lo que implica dictaduras policiales burocráticas, hacia regímenes fascistas. de terror abierto. . Por tanto, se produce un quiebre en los mecanismos que se venían aplicando preferentemente desde el final de la Segunda Guerra Mundial para contener a las masas.

Uno de los principales instrumentos utilizados para avanzar contra las libertades individuales, endurecer el régimen y agredir a los trabajadores es la creación de “estados de shock”, estados de conmoción generalizada, tal y como describe detalladamente la escritora canadiense Naomi Klein, en el conocido libro “ La doctrina del shock”.

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Del Acto Patriótico del 2001, en la base de las leyes “anti terror”

La llamada Ley Patriótica fue promulgada el 26 de octubre de 2001, por el entonces presidente George W. Bush. La medida redujo drásticamente los derechos civiles y las libertades individuales bajo el pretexto de “luchar contra el terrorismo”.

Se orquestó una gran campaña a través de la prensa capitalista fomentando el temor de nuevos ataques. El objetivo era “justificar” la suspensión de derechos y garantías constitucionales y autorizar delitos y todo tipo de abusos por parte del Estado. La política oficial de “cacería de brujas” se institucionalizó con la persecución masiva de musulmanes y cualquier opositor al régimen, además de la legalización de la tortura.

Esta política representó el regreso intensificado del Macarthismo, que, después de la Segunda Guerra Mundial, condenó a un gran número de intelectuales bajo el cargo de “actividades antiestadounidenses”. El seguimiento de correos electrónicos, la vigilancia del uso de Internet y las escuchas telefónicas se han convertido en prácticas comunes y libres de órdenes judiciales.

Las bibliotecas y librerías fueron obligadas a informar qué libros buscaban determinados ciudadanos y permitían la detención de “sospechosos” durante períodos prolongados.

La histeria llegó a tal nivel que la administración Bush intentó aprobar, en 2004, el proyecto de ley conocido como Tips (Sistema de Información y Prevención del Terrorismo), pero fue rechazado por el Congreso. El proyecto institucionalizaba, en la práctica, los mecanismos para que un gran número de profesionales, como electricistas y carteros, entre otros, “colaboraran” como “informantes” de la policía.

En el Presupuesto Federal de 2012, todos los gastos se congelaron durante cinco años, “menos los relacionados con la seguridad”. Las agencias de espionaje tuvieron un aumento significativo en sus presupuestos.

El “Programa de Seguridad Nacional”, que se enfoca en control fronterizo, contraterrorismo y ciberseguridad, pasó a tener un presupuesto estimado de $46.9 mil millones.

La CIA (Agencia Central de Inteligencia) y algunas otras agencias de espionaje 53.500 millones de dólares. El Departamento de Justicia destinó más de $23 mil millones al FBI (Policía Federal de EE. UU.), la DEA (Departamento Antinarcóticos), el Sistema Penitenciario (que es tercerizado y actualmente tiene más de 2.5 millones de reclusos), el BATR (Alcohol, Tabaco, Explosivos y Control de Armas de Fuego), la División de Seguridad Nacional y otras organizaciones encargadas de hacer cumplir la ley.

Solo el programa antiterrorista del FBI pasó a representar $2.7 mil millones, un tercio del presupuesto total del FBI.

Estas cifras no consideran fondos secretos cuyo monto se desconoce, como los relacionados con inteligencia militar del programa NIP (Programa Nacional de Inteligencia), que cubre operaciones en Afganistán y Pakistán; la seguridad cibernética; contraterrorismo y espionaje de gobiernos y grupos extranjeros calificados como terroristas. La CIA y la DEA son las principales proveedoras de estos recursos secretos, principalmente el tráfico de drogas y otras operaciones ilícitas, como el lavado de dinero y la prostitución, como ha venido denunciando la propia prensa burguesa en los últimos años.

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De la “guerra al terror” a la guerra contra la población

Las revelaciones hechas por el ex agente de la NSA (Agencia de Seguridad Nacional) Edward Snowden simplemente arrojaron luz sobre hechos conocidos.

En mayo de 2011, el senador Ron Wyden declaró, cuando la administración Obama autorizó la extensión de tres medidas de la Ley Patriota, que las agencias de espionaje habían desarrollado mecanismos de análisis de información (data mining) para buscar datos provenientes de teléfonos celulares y acceso a Internet.

En marzo de 2011, un documento enviado al subcomité de Crimen, Terrorismo y Seguridad Nacional del Departamento de Justicia, por el juez Todd Hinnen, confirmó que el gobierno había utilizado la Sección 215 de la Ley Patriota, los llamados “registros comerciales”, para “obtener los registros de licencias de conducir, hoteles, arrendadoras de autos, propiedades de renta, tarjetas de crédito y otros”.

Em 2010, el The Washington Post publicó un artículo titulado “Top Secret America” en el cual revelaba que “alrededor de 1.271 organizaciones del gobierno y 1.931 empresas privadas trabajan en programas relacionados al contraterrorismo, Homeland Security y servicios de inteligencia ee aproximadamente 10.000 localidades en EUA”.

El 26 de abril de 2011, el San Francisco Bay Guardian reveló que los “agentes de la ley locales” “asignados para trabajar con las fuerzas antiterroristas del FBI pueden ignorar las órdenes de las fuerzas del orden locales y la ley de California para espiar a las personas, incluso sin pruebas de que hayan cometido un delito.”

Está claro por el alcance de estas operaciones y estructuras represivas que el imperialismo no está interesado en ataques aislados, sino en el control policial de toda la vida de la población para evitar rebeliones masivas dentro de los Estados Unidos y otros países.

El terrorismo está siendo utilizado como pretexto para profundizar, mejorar y legalizar el estado policial estadounidense y, en general, el imperialismo mundial.

Con las revelaciones de Edward Snowden, la máscara de la “democracia estadounidense” cayó definitivamente, dejando muy claro el carácter fascista del estado imperialista.

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El dominio de los monopolios imperialistas, principalmente de los grandes bancos, sobre el Estado norteamericano es absoluto, porque su propia supervivencia está intrínsecamente ligada al Estado. Los principales mecanismos de control son el financiamiento de campañas, los lobbies y el control total de todos los poderes, donde los altos ejecutivos se convierten en altos funcionarios del gobierno y viceversa, lo que a cambio arroja enormes exenciones fiscales y paquetes de ayuda, así como el apoyo de las agencias gubernamentales para la mantenimiento y expansión de monopolios en todo el mundo.

Organizaciones como el ALEC (American Legislative Exchange Council) reúne a ejecutivos de grandes corporaciones que literalmente escriben legislación.

Desde la crisis de 1974, la economía estadounidense, así como el sistema capitalista a nivel mundial, viene mostrando fuertes signos de agotamiento que se han profundizado cada vez más. La migración del parque industrial, a partir de la década de 1980, a países asiáticos, principalmente a China, donde el costo de la mano de obra era casi nulo, y la incorporación de nuevos cientos de millones de trabajadores de bajo costo y ricas reservas de petróleo y gas en Asia Central, tras la caída de la Unión Soviética en 1991, no ha sido suficiente para contener el agotamiento acelerado del sistema capitalista mundial.

La burbuja de Internet, a principios de la primera década del siglo XXI, mostró la gran dificultad para seguir impulsando las altas tasas de ganancia de los especuladores financieros imperialistas. Esto se volvió a confirmar más tarde con la caída del mercado de valores, la burbuja inmobiliaria y actualmente con la migración de capital especulativo a los mercados de futuros de productos básicos bajo el liderazgo del mago de la especulación, el presidente de la Reserva Federal de EE. UU., Allan Greenspan.

En esa dirección se desarrollaron complejos mecanismos financieros, profundizando aún más el despilfarro de recursos e intensificando la explotación de las masas trabajadoras promovidas por el neoliberalismo –mercados de derivados y futuros, incentivo para que los estadounidenses vendieran sus propiedades para participar en la juerga financiera, bajo el falso promesa de que se harían ricos, el creciente saqueo de las riquezas de los países atrasados.

Para la implementación de estas políticas, era necesario ganar el apoyo de la población para las guerras que se promoverían y controlar a las masas trabajadoras ante la mayor transferencia de ingresos a un puñado de multimillonarios en la historia del país.

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3 comentarios en «¿Quién se beneficia del terrorismo?»

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